LA TRISTEZA: 2ª PARTE
Una vez que la tristeza se ha
apoderado de nosotros, resulta difícil escapar a su poder:
es como un agujero negro, que tira de nosotros hacia abajo y nos
absorbe toda la energía. Resulta muy difícil salir
de él, precisamente porque nos ha dejado sin fuerzas. Aparecen
pensamientos del tipo: “no puedo más”, “no
lo voy a conseguir”, “no tengo fuerzas”, “los
demás pueden, pero yo no”, etc. Pero hay ciertos
“trucos” que podemos utilizar para ir recuperándonos
poco a poco y desprendernos de su fuerza de atracción.
En primer lugar, hay que poner todas las fuerzas de las que disponemos
en resistirnos a caer en las primeras fases de la tristeza: no
dejarnos seducir por los primeros encantos de la nostalgia y la
melancolía, tal como explicaba en la primera parte del
artículo. Pero si no hemos conseguido eludirla y ha tomado
el mando sobre nuestra vida, se puede luchar conscientemente contra
ella. ¿Cómo? Hay que hacer justo lo que a la tristeza
no le gusta (y a nosotros nos cuesta más cuando estamos
tristes):
Esforzarnos por realizar una actividad, aunque parezca que no
tenemos fuerzas ni para levantarnos. Conviene que exista un compromiso
para acudir, de modo que en los momentos en que nos sentimos débiles
y pensamos ausentarnos, no nos quede más remedio que vestirnos
y salir de casa para asistir a nuestra actividad.
Dar una gran importancia a nuestras relaciones humanas, porque
en ellas podemos apoyarnos cuando nos sentimos desfallecer. Eso
incluye hacer amigos, mantenerlos, y salir de nuestro propio centro,
dejar de mirar a nuestro ombligo, dejar de lamentarnos para intentar
compartir cosas positivas con los demás, para intentar
ayudarles y ser buenos amigos y compañeros.
Olvidar el criticar a los demás, a nosotros mismos y a
la vida en general, ser condescendientes con los defectos tanto
propios como ajenos y hacer el esfuerzo por ver lo positivo, porque
cuando estamos tristes lo negativo se ve demasiado fácilmente.
Cuidado con el cinismo, que surge cuando uno ya no tiene fuerzas
para creer en nada ni en nadie y se burla de su “maldita
suerte”. Tras la sonrisa despectiva y “de medio lado”,
se esconde el temor al fracaso en la lucha por la felicidad. Creemos
que expulsando todo aquello que nos pueda volver débiles,
nos mantendremos a flote, pero este escudo que nos protege de
lo malo, también nos aísla de lo bueno, y así
la alegría jamás estará presente en nuestras
vidas y nos convertiremos en personas amargadas y que amargan
a los demás.
Si te asaltan pensamientos negativos sobre ti mismo, tus defectos,
tus carencias, tus negatividades, no te alteres, observa con tranquilidad
esa parte de ti, e identifícate con tus características
positivas. Sí, tú también las tienes. No
hay nadie perfectamente bueno, pero tampoco perfectamente malo.
Cuando evalúes tus logros, trata de ser justo contigo mismo:
no ser perfecto no significa que seas completamente inútil.
No te rindas, no pierdas una oportunidad porque pienses que puedes
fallar. El último puesto en la cola del cine es mejor que
perderse la película. Si de verdad te ha salido algo completamente
mal, acéptalo con serenidad, seguro que hay otras cosas
que te salen mejor que a otros. No dejes que la tristeza te haga
mirar sólo a través de su filtro oscuro, pon tu
fuerza de voluntad para que la atención se fije en lo positivo
y se aparte de lo negativo.
Recordar con la mayor frecuencia posible que podemos y queremos
ser felices, y estamos dispuestos a hacer estos sacrificios preliminares,
a utilizar nuestra fuerza de voluntad para vencer la tristeza.
Al principio nos vencerá con mucha frecuencia: en cuanto
bajemos la guardia, todos nuestros buenos propósitos se
irán a pique y volveremos a caer en el pozo sin fondo de
la amargura. Pero no hay que abatirse, una batalla perdida no
significa que hayamos perdido la guerra; si nos esforzamos, poco
a poco ganaremos las batallas con mayor frecuencia, hasta que
al final conseguiremos destruirla por completo y en ese momento
habremos ganado la guerra. Ánimo, la decisión es
tuya.
María
José Zamora Fuertes