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ELOÍNA Y LA FLOR DE LA COMPRENSION
Por Juan José Ortega González

Eloína salió del barro.

Renqueante... cansada... sucia.

En la orilla y con la mente turbia, trató de limpiarse, sin entender aún gran cosa. Estuvo un tiempo indefinido afanándose en limpiar el pestilente barro de sus vestiduras, no lo consiguió en absoluto, por lo que finalmente decidió acertadamente quitárselas.

Una vez desnuda procedió a limpiar como pudo, su rostro. Cuando limpió por fin sus ojos, pudo ver el lugar de donde había salido. Le costó mucho ver con claridad, después de tanto tiempo sin usar sus vista pero al fin distinguió que se trataba de una charca maloliente, llena de barro y agua negruzcos. A su alrededor había algunos troncos de árboles muertos, hierbajos secos y piedras muertas.

Seguía sin entender nada pero sabía que no quería estar más tiempo cerca de ese horrible lugar. Giró en redondo 180º lo que le permitió ver, bastante cerca de ella, una alta montaña. Era una montaña hermosa, majestuosa, con una base escarpada y una cumbre nevada. En su mitad toda clase de flores de espectaculares colores.

Su cuerpo se movió automáticamente hacia allí y su espíritu se alegró de ello. Pero cuando se había alejado tan sólo unos metros, una voz conocida le llamó, diciéndole, con tono apagado:

“Eloína, ayúdame”

Eloína se giró y vio tan sólo una mano que asomaba por encima del barro, mientras esa voz seguía llamándole desde no sabía donde, pues no se veía ningún rostro, tan sólo la mano pidiéndole ayuda.

Eloína dudó, estaba cerca de la hermosa montaña, que atraía enormemente a su cuerpo y a su alma, pero era incapaz de no otorgar la ayuda que le pedían. Además, la voz que resonaba en su mente, le era muy conocida.

Eloína, haciendo un ejercicio de sacrificio y abnegación, volvió sobre sus pasos y asió fuertemente la solitaria mano. Al principio no estiró, tan sólo notó el tacto de esa mano y dejó que ella se tranquilizara, que tomara contacto con su mano y que supiera que ella le iba a ayudar.

Estuvieron un buen rato las dos manos en estrecho abrazo, intercambiando calor y sensaciones. La mano embarrada se notaba ya más tranquila.

Decidió entonces Eloína que era el momento propicio para sacar del barro al propietario de la mano amiga.

Con suavidad pero con firmeza empezó a estirar. La mano enterrada se sorprendió al principio, dudando sobre las intenciones de la otra mano. Después pareció que se dejaba ayudar a salir, de manera que lentamente Eloína llevó a la luz a un blanquecino codo, algo tumefacto por la humedad y la falta de luz.

Eloína siguió estirando lentamente hasta que emergió tímidamente la silueta torneada de un hombro. Ella estaba feliz y tenía ganas de conocer ya al propietario del brazo, a quien ansiaba enseñarle ese mundo de luz y sequedad que ella había empezado ya a disfrutar. Y la montaña... deseó profunda e impacientemente enseñarle la hermosa montaña, plena de flores y nieve. Y que juntos fueran hacia ella.

Con tanta alegría se encontraba que no entendió el primer tirón de la enterrada mano. Sin pensarlo siguió estirando con suavidad y amor. Un segundo tirón hizo que la mano del barro se hundiera nuevamente en él. Eloína, aunque algo preocupada, hizo caso omiso y siguió su trabajo con suavidad y decisión.

Cuando el hombro volvía a asomar a la luz llegó el tremendo estirón. Eloína se tambaleó seriamente y sinceramente creyó que volvía a caer en el barro pues este último tirón la había desequilibrado completamente, tanto en lo físico como en lo mental. Simplemente no lo comprendió, estaba tratando de ayudar a alguien a salir de un lodazal pestilente y finalmente comprendía que aunque aquel ser había pronunciado su nombre invocando ayuda, realmente no quería salir, más parecía querer que ella volviera a entrar.

Este pensamiento provocó la chispa que le hizo reaccionar y en un acto de audacia y equilibrio insospechados, logró zafarse de la otra mano y saltar dando un gran paso hacia atrás.

Respiró profundamente mientras observaba como la mano se hundía lenta y misteriosamente en el barro, hasta que no quedó rastro alguno. Mientras, en su mente, oía un lamento profundo y sordo.

Después, el silencio.

Y la estupefacción.

Sin pensar demasiado, volvió a girar sobre sus talones y observó con increíble gozo que la montaña seguía ahí. No se había movido y no había sido un sueño.

Le invadió una sensación extraordinaria de libertad, que notó concretamente en su pecho, que se hinchó con placer.

Con alguna pesadez pero con gran alegría emprendió el camino hacia las alturas, mientras le parecía volver a oír apagados lamentos a los que, esta vez no quiso atender.

Llegó a la falda de la montaña en seguida. Allí necesitó abrazar a una roca enorme que la custodiaba. La roca había sido calentada por el sol y transmitió a Eloína toda la energía, de cuerpo y de alma, que ella necesitaba como necesita uno el aire cuando se está bajo el agua.

Eloína fue confortada y calentada y su mente empezó a funcionar. Sintió un enorme agradecimiento hacia la roca y hacia la vida y lloró.

Y mientras lloraba toda la rabia contenida por eones salió por sus ojos. Toda la desesperación, toda la insatisfacción, toda la decepción se evaporó de su vida, mientras notaba que su cuerpo se hacía etéreo, vibrante y su mente, fresca y luminosa. Al tiempo, una incontenible sonrisa se esculpía ya para siempre en su rostro. Sus ojos tomaban profundidad y firmeza y de su corazón parecía brotar una vibración, una canción.

Quizás una oración.

Se sintió nueva, se sintió niña.
Se supo querida, se supo eterna.

Y allí seguía, abrazada a su querida roca, sin querer soltarse, era ya su mejor amiga.

Algo crujió entonces, entre la piedra y la tierra que la envolvía y sin saber porqué Eloína supo que era invitada, invitada al concierto de los dioses.

Soltó lentamente y con infinito agradecimiento la hermosa piedra y miró con ojos nuevos hacia arriba.

Empezó a subir, pero no pudo, esa primera parte de la montaña era completamente vertical y ella estaba aún algo entumecida por el tiempo pasado en oscura humedad.

Lo siguió intentando con confianza hasta que noto un cálido roce en una de sus manos. Era otra mano que desde arriba, tomaba la suya con gentileza. Miró más arriba y vio unos ojos que le miraban desde un amable rostro.

Un rayo de alegría inundó su corazón y trepó por la montaña, ayudada y confortada.

Después siguió sola pues era ya todo más fácil.

Pronto llegó a la zona de flores y tuvo necesariamente que parar para disfrutar de aquel espectáculo maravilloso. Flores de mil y un colores, abriéndose y cerrándose pausadamente. Enseñando ora sus colores internos, ora los externos.

Eloína se embelesó y sintió un amor y gratitud universales.

Una de las hermosas flores se entregó a ella, no entendió cómo pero, sin haberla arrancado la tenía en su mano y su tallo no estaba roto sino que acababa bellamente en una espiral.

Aspiró su fragancia que llegó a todas las células de su ser, vivificándola y reviviéndola.

Ella la besó, besó sus anaranjados pétalos con cariño, como si fuera alguien muy querido.

La flor emitió un gritito limpio y agudo y saltó de su mano, cayendo al vacío. Con sus pétalos bien abiertos voló ligeramente yendo a parar al lago de barro de donde había partido Eloína. Cayó en el centro sin hundirse y una perfecta onda se formó desde ese punto. Por donde pasaba la onda, de dentro afuera, el agua-barro se tornaba más claro, hasta que la onda fue perdiendo fuerza.

En ese momento empezó un rumor que pronto se transformó en clamor. Se trataba de muchas voces juntas, en hondo y sordo ronquido. A pesar de la enorme tristeza que transmitía tal rugido, Eloína percibió claramente como había un punto de alivio en esas muchas voces. Había un agradecimiento inherente que tranquilizó mucho a Eloína.

Siguió estando en aquel lugar largas horas, o quizás fueron largos días o a lo mejor largos años y ella se deleitaba tomando flores diferentes a las que besaba para que en seguida saltaran de su mano y fueran volando al lago.

En algún momento, en el antes asqueroso charco, apareció un cisne blanco, nadando orgulloso y hermoso. Eloína se fijó entonces, como despertando de un sueño, en que el antiguo charco era ahora un lago de cristalinas aguas por las que penetraba el sol de la mañana.

Hermosos delfines de agua dulce nadaban y chillaban contentos frotándose unos contra otros. Eloína miró de cerca la flor que tenía ahora en la mano, era de amarillos y aterciopelados pétalos. Le pareció que el vibrante color entraba en su cuerpo a través de sus extasiados ojos.

La pareció entonces entenderlo todo por fin y bautizo a aquella hermosa flor como...

LA FLOR DE LA COMPRENSIÓN    

Juan José Ortega González      

   
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